San Agustin se hunde
San Agustín se hunde
Miercoles 22/10/2008 ABC
San Agustín se hunde, clama el mercedario José María Díaz Jiménez, prior de este convento de Marchena, cansado de acudir aquí y allá en busca de la ayuda que no le dan, acostumbrado a oír promesas que no se cumplen.
La iglesia del convento de San Agustín se cae a pedazos, entre otras cosas porque nos dice el prior que los tejados no se arreglan desde 1957, año en que se terminó la nueva cubierta del crucero que sirve de base al Sagrado Corazón: la escultura de Juan Luis Vasallo.
A partir de entonces cambió la silueta de este templo del siglo XVII, la del templo y la del pueblo; y no quedó precisamente airosa con esta transformación que hoy es fuente de problemas. La estructura de hierro está oxidada por la humedad que domina todo el templo debido a la falta de presupuesto.
Sin dinero no es posible mantener en condiciones un edificio de estas características, una de las piezas claves del patrimonio histórico de Marchena. San Agustín se ha quedado grande para los cuatro religiosos que lo habitan, como está pasando con tantos conventos. De los jaramagos a las goteras hay solo un paso. Y las filtraciones se han multiplicado en las últimas décadas, han hinchado los muros, han podrido las vigas, sobre todo las de las naves laterales y están afectando a las maravillosas yeserías de tipo popular que han hecho famoso a este templo.
Por aquí han pasado muchos historiadores del arte hispanoamericano. Todos se sorprenden de la influencia colonial que muestra la decoración del templo. Es un trocito de Méjico dentro de Marchena: angelotes, indios, monos, tigres y una ornamentación floral exótica, alegre y colorista. Así es el barroco de esta iglesia única.
La nave del aljibe
En un informe sobre el estado actual de las yeserías, realizado por José Antonio Aguilar Galea, del Departamento de Escultura e Historia de las Artes Plásticas de la Universidad de Sevilla, se pone de manifiesto que los problemas globales que afectan al edificio están dañando gravemente el estado de los yesos. Y es que los yesos, al estar adosados a los muros «sufren las patologías que éstos le comunican». Reciben humedades, movimientos y desprendimientos. Algunos de estos muros, empapados de agua, miden un metro de grosor. Otros rozan los dos metros.
Las falsas bóvedas de la parte superior de las naves laterales del templo no resisten más: se agrietan y se caen. La nave alta del Evangelio se llama ahora del Aljibe por la cantidad de agua que recoge. Cuando la gotera se hizo grande vinieron del Ayuntamiento y le pusieron un cubo, y ya está todo arreglado: sobre unos bidones colocaron una gran cubeta para que recogiera el agua, y ahora es cuestión de ir colocando más cubetas, que siempre es más barato que reponer vigas y tejas.
Ejemplos del mal estado que padece el edificio: las goteras de la nave alta del evangelio y yeserías barrocas del interior, claramente afectadas por la humedad
Además, donde hay agua hay vida para los insectos que ingieren madera y para las palomas que tapizan los huecos altos con sus dañinos excrementos. San Agustín es un enorme palomar sin control. Las palomas son ahora las dueñas del convento, y no la Archidiócesis de Sevilla.
Hace cinco o seis años intervino una escuela taller municipal, y ya se sabe lo que esto significa casi siempre para el patrimonio histórico. Buenas intenciones pero pobres resultados. Y eso se ve nada más que se pisa el patio manierista del convento. Quitaron sin razón el viejo pavimento de ladrillo que tanto carácter le imprimía, y le pusieron unas vulgares losas de mármol gris y blanco, que se prolongan por la pared en ridículos zócalos.
En los muros había mechinales que ahora son como ventanitas ciegas. Seguramente, le dirían a algún aprendiz que se entretuviera recercando cada uno de los mechinales, y hoy es un engendro. El patio ya había sufrido en la década de 1950 una intervención poco acertada, que consistió en abrirle unas ventanas semicirculares en las galerías alta, eliminando los antiguos vanos y los balcones que allí había. Pero lo de la escuela taller no se olvida. Para colmo, el patio, donde hay dos pozos, tenía un buen desagüe, y hoy es un continuo atasco pestilente.
De seguir así, un día la iglesia de San Agustín se hundirá del todo y entonces costará una fortuna su arreglo. Lo que harán, si lo hacen, carecerá del valor que sólo tienen las cosas auténticas, porque lo que queda de su patrimonio se habrá perdido para siempre.
El padre Díaz Jiménez sigue llamando a las puertas del Ayuntamiento, de la Junta y del Arzobispado.
Desde 1957 no se reparan los tejados de este convento principal de Marchena. Las humedades, los insectos y las palomas van acabar por destruir este edificio tan ligado al barroco colonial hispanoamericano.
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